jueves, 3 de julio de 2008

Nandí



El sol ya se retiraba dejando cirios rojizos encendidos que pintaban caprichosos torbellinos de colores en la tardecita. La gurisa se aferró a las cruces del tordillo, que más que galopear corría, salpicándola con barro en las zanjas y haciendo que el viento cegara su visión, más allá del revolotear de las crines.

La noche se acercaba preñada de pena ¡le dio miedo...! Un miedo que la tironeaba y le recorría el cuerpo. Sintió en su espalda el peso de la mano del tata y la imaginó cómo un puño cerrado ¡casi una garra!

Al llegar al rancho… un trasfoguero mustiaba triste en el fogón. Sus manos se calentaron un poco aunque su alma tiritaba.

El tata no se sentó con ella. Su mirada miraba sin ver rumbos ¡como si ya no hubiera horizontes! Hoy no silbaba. ¡Sólo callaba!

Sintió la tristeza grande que emponchó la tierra. Y se dio cuenta ¡qué chica y sola era! Si al menos estuviera Fermín...

Un recuerdo lindo aleteó en la carita de la gurisita acurrucada, abrazando al fuego

- ¡…Fermín …Fermín...! – ¡Y su amigo volaba con el viento! ¡como su recuerdo ahora! Sus carcajadas hacían reír hasta las mojarras que pescaban en las zanjas.

- ¿Fermín? ¿Cómo te llamás? -

Recordó que el niño se puso serio con la pregunta; una sombra había borrado su sonrisa de mañana de primavera.

- ¡Me llamo Fermín! ¡Boba! -

- ¡No es cierto! - había dicho ella; - me lo contó “la vieja” -.

- Bueno... ¡me llamo Chibí! …porque parezco un gato montés. Los blancos se llaman todos iguales; vos te llamas igual que todas las blancas… -

Y el niño se burló haciendo un gesto de mujer coqueta.

- ¡Malo…! –

- ¡Es cierto! ¡nosotros nos llamamos como los árboles, cómo el río! Ustedes…¡a ver...! - dijo el niño…

- ¿Qué significa María? –

- ¡Tonto! ¡No sabés nada...! María fue la madre de...! – ¡y la niña entendió que María tenía un significado sólo para ella!

- ¡Chibí... Chibí...! ¡no me agarrás...! - y corrían entre el agua rasa de la zanja riendo. Con Chibí, María había aprendido de lugares sagrados ¡santos diría el cura! De que la tierra no es de nadie... porque allí estaban los espíritus de los antepasados.

De nuevo el miedo le recorrió el cuerpo y la posición del tata inclinado como pidiendo perdón la hizo preguntarse ¿dónde estaría su amigo? ¡Ni las estrella encendían velas para marcar el camino de regreso!

En el monte, ¡Nandí decidió detenerse! ¡El abrazo de los árboles la protegerían!, sus pies descalzos, de tanto sortear las raíces rastreras, dolían, y su vientre preñado cómo luna llena necesitaba descanso. Se acuclilló y las copas la cubrieron. Los talas, el ñangaripé ¡todos sabían que debían proteger a Nandí!

- ¡Shh! - Chistó el ceibal. - ¡silencio todos! - y hasta los pájaros enmudecieron.

- Bueno… - dijo el sauce mientras cuchicheaba con los camalotes.

- ¡No es para tanto! ¡vos no tenés que temer! –


- ¡Cállense todos! - tronó la voz de el río. - ¡Para todos hoy es una noche triste …!

El Gran río era respetado por todos ¡sabía secretos que murmuraba mientras corría, y el de éste día lo tenía muy callado hasta entonces!

- ¿No se dan cuenta? - y su voz sonó a gigantescas olas furiosas .

- Desde la tragedia hasta ustedes corren peligro! ¡Se violaron la leyes de la vida! –

Nandí se acomodó en el vientre de la espesura ¡entonces! al trotecito vinieron los recuerdos ¡los gritos! la sangre! su mano apretó la chuza todavía ensangrentada de su compañero caído.

¡No lloraba la mujer nativa! En sus ojos ¡negros cómo la noche! ¡no cabían la lágrima ya! Sólo serían carbones encendidos, del dolor y la memoria de su pueblo.

De pronto... ¡un chasquido! ¡como un chapoteo! ¡Debía ser cauta cómo el yaguareté y rápida cómo la crucera!

- ¡Silencio! - ordenó el río.

La mujer decidida chuza en mano decidió seguir su instinto. Al asomarse ¡una perra cimarrona le cerró el paso con una tranquera de colmillos y toda la fiereza de su raza asomada a sus cruces!

En la playa, el redomón arisqueó su presencia pero no se movió atesorando en su calma la carga que llevaba en el lomo.

Las riendas de su bocado, caídas... ¡significaban mucho! y Nandí se acercó desafiando al animal que amenazó saltar pero se retiró prudencialmente cuándo escuchó

- ¡Daga! ¡Atrás! –

¡Una mujer! Su cabellera, caída como un atardecer encendido, en su frente una vincha con un nombre borrado por la lucha. Su cuerpo se apoyó sin fuerzas en la arena. De su costado una flor dejaba caer gajo a gajo pétalos rojizos.

La sabiduría generosa de la naturaleza se ofrendó y la mujer nativa curó la herida que se cerró como un beso.

¡Ninguna habló...! ¡No era necesario!

Al amanecer un cuadro extraño recordaría y contaría el viejo río ¡que murmura penas nativas hasta ahora (si podes y sabés escuchar al silencio).

¡Dos mujeres, un caballo y un perro siguieron el viaje!

¡A grupas, con ellos, iban la esperanza y la memoria!







Isabel Berrutti Fielitz
nandipora@hotmail.com